
Les voy a contar, mis amigos, cómo empezó todo
Mi madre, en su juventud, hablaba de la década del cuarenta, en el siglo pasado. Era oriunda de Santa Fe, más precisamente de la ciudad de Rosario, claro, de mi país, Argentina. Ella era bordadora, un oficio que se fue perdiendo con el cambio de costumbres y el paso de los años, cuando todo se va renovando. Venía para Buenos Aires, y yo creo que viajaba en tren, era lo típico de esos tiempos. Venía a trabajar, iba y venía de vuelta a Rosario. En esos trajines de viajes se juntó con un muchacho, mi papá, y ella hacía esos viajes conmigo en su panza. Ven, desde ahí lo conozco yo al viajar. Recuerdo una vez que, cuando vivía (hace poco que falleció), me contó que sus viajes eran placenteros: compraba su golosina preferida, el chocolate, y era una fiesta viajar. Y yo estaba con ella, siendo parte de sus pequeñas alegrías, sin saberlo. Ahí empezó mi amor por el tren, ese cariño que me acompaña hasta hoy. Ahora paso a contarles mi experiencia personal, desde mi infancia.
Yo era tan frágil y temerosa, y no era para menos. Mamá era pobre y tenía problemas para cuidar de sus hijas. Éramos tres hermanas y dos fuimos internadas en un instituto de menores. No la culpo; fue una buena alternativa para crecer en un entorno que no era mi hogar familiar, pero del que conservo grandes y felices recuerdos. Íbamos a un salón los domingos a ver cine allí en el instituto. Era un edificio enorme, con tres plantas. Había claustros que nos conducían, en la planta baja, a los grados, a un amplio patio y a los comedores, entre otros lugares. Uno en particular me sonaba raro: me dijeron “tenés que ir al Clonomato” y yo pensaba “¿y eso qué es?”. Bueno, fui, y era un lugar para retirar cosas de todo tipo, como un almacén de productos. Ahí me quedó claro qué era el lugar.
Les contaba que veíamos películas, muchas de vaqueros. La pantalla gigante y esos planos de caballos que venían galopando hacia el frente me aterraban; creía que me iban a pisar. Se venían de frente con una fuerza de galope y una música muy real y aterradora. Con el tren me pasaba exactamente lo mismo. ¡Qué susto! Y, sin embargo, cuando salíamos y había que viajar en tren, siempre me parecía emocionante y a la vez con miedo. Pero una vez arriba, ya viajando, era hermoso ver todo tipo de gente: bien vestidos, modernos. Eso era en la década del sesenta. Yo observaba con deleite todo, me gustaba, qué lindo era el viaje, e ir escuchando permanentemente el sonido característico de mi amado tren. ¿Pueden notar de dónde viene mi afecto?
Y para ir cerrando, les cuento un poco más
Ya llegada mi juventud, una conoce chicos y salíamos a bailar. Éramos un pequeño grupo, de chicas y varones, que nos juntábamos a divertirnos, comer algo, escuchar discos. Es tan antiguo que hasta me falla la memoria para escribir el nombre del tocadiscos, pero bueno, ya está el nombre alternativo, jaja. Tuve un noviecito, el Beto, que vivía a la vuelta de mi casa. Salíamos a todos lados en el barrio, conversábamos mucho, estábamos en una linda relación.
Un día fuimos al centro, a una localidad llamada José León Suárez, y terminamos en una pizzería. Al terminar de comer, me sorprendió pidiéndome que nos casemos. ¡Guau! Realmente fue sorpresivo: yo tenía 14 años y todavía no contemplaba eso para mí. Pero me gustó, fue un momento de alegría, de sentirme elegida. No recuerdo cómo lo resolvimos, pasó tanto tiempo… Solo recuerdo que fue un noviazgo feliz.
Un día lo vi, como siempre, y me dio una noticia muy linda para él: entraba a trabajar en el ferrocarril, o sea, sería un trabajador del tren. ¡Qué linda oportunidad e insólita coincidencia con mi amor por los trenes! Me citó para que nos viéramos un día antes de tener sus horarios comprometidos por el trabajo y… ¿qué pasó? No fui. Y fin de todo ese proyecto con Beto. Quedó solo el recuerdo de algo que pudo ser, como un tren que pasa una sola vez por la estación de tu vida y lo ves alejarse, mientras una parte de vos se queda ahí, en el andén.

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