
Recuerdo con cariño a este señor que fue mi jefe. Mi vida siempre fue difícil en sentido económico y tenía que salir a trabajar en el servicio doméstico, debido a que no tengo preparación académica — cosa que hubiese querido, pero es otro tema para hablar, o no, en otro escrito tal vez.
Quise volver a este trabajo por necesidad y fui a su casa, previo arreglo con su hija — una profesora de idiomas muy amable que me invitó a visitarla para ponernos de acuerdo con el horario y las tareas. Don Antonio era muy mayor y su hija supervisaba sus asuntos.
Llegué y no sabía que no estaba. Entré en la cocina y vi sus zapatos blancos clásicos, redondeados, para un señor regordete, alto, grandote. Ahí fue cuando su hija me comunicó: «Mi papá falleció.» Qué noticia tan triste. Me sorprendió profundamente.
Y recordé mis días laborales en su compañía. Sus conversaciones tan interesantes en el momento de tomar un café a la tarde. Se veía muy serio, casi parecía que me iba a ladrar, pero su mirada era tan tierna. Era un hombre luchador, honesto, trabajador, que ahora ya grande pasaba sus tiempos de vejez tranquilo en su casa. Tenía su bravo carácter, hablaba con una voz alta que parecía que tronaba — un poco me daba susto que se enojara por algo.
Mi trabajo era cocinar y hacer un poco de orden en general, porque había otra persona que también venía, y por mucho más tiempo — de más años en la casa.
Me impactó profundamente su ausencia. El tiempo fue corto — no trabajé mucho, medio año — pero volvió a mi mente recordando su compañía respetuosa. Era un Señor, con mayúscula. Los domingos cocinaba él, y tenía su método — cada uno lo tiene — y me explicaba, pero no había caso: solo a él la salsa para la pasta le salía así de rica. Era su marca registrada, entre otros tantos momentos compartidos. Con Alicia, su hija, tomamos un café y charlamos tanto.

Y al irme, miré nuevamente sus zapatos blancos — con tristeza. Ellos están allí, mudos, testimonio silencioso de que fueron de Don Antonio.

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